
— Al infierno el terremoto de Nicaragua. Me importa un pimiento que haya 100.000 muertos. ¿El campeonato de liga? Inclúyelo.
— ¿Menciono lo aficionado que es el alcalde a ese burdel chino?
— Menciónalo, no omitas nada. Eso será un buen golpe.
Yo me apunté a estudiar el viejo oficio de juntaletras cuando aún no era muy diferente del periodismo que retrataba Billy Wilder en su genial Primera plana. Se trataba de cultivar fuentes en los bajos fondos, tocar timbres y descolgar el teléfono, para luego redactar a deshoras y a todo correr una noticia confiando en comprobar a la mañana siguiente que uno había pisado la exclusiva a la competencia.
En ese mundo, tan apasionante como endogámico, me rodé durante algo más de un año en la agencia Europa Press en Pamplona, para luego aterrizar en Bilbao en la redacción de El Mundo del País Vasco, donde ejercí de chico para todo en las secciones de Deportes y Local hasta hacerme un hueco en Política. De allí me enviaron como corresponsal parlamentario a Vitoria, desde donde pude ver los entresijos de la política que esconde la alfombra roja de las instituciones.
Ahí descubrí también que la comunicación va más allá de llenar periódicos de noticias, y decidí cometer el pecado más capital de un periodista: cruzar la trinchera y pasarse al bando enemigo. Mercedes-Benz me dio la oportunidad de conocer el Departamento de Comunicación de una multinacional, y aprender que la comunicación, siempre que uno sea honesto consigo mismo y con los demás, es un instrumento muy útil cuando se pone al servicio de una empresa. También que incluye complejas derivadas, como la asesoría de directivos, el protocolo o la organización de eventos.
Pero mi afán por descubrir otras caras de este complejo poliedro era ya insaciable, y me animó a dar el salto a Arista, una agencia de publicidad de San Sebastián, donde gestionar la comunicación de varias empresas de los más variopintos sectores me curtió en el espinoso mundo de las Relaciones Públicas. Para entonces, la eclosión de Internet era ya una realidad, y el día a día de la comunicación ya no se podía concebir sin conceptos hasta entonces extraños como blog o reputación on line.
Ya con unas cuantas experiencias en la mochila, era el momento, de la mano de un compañero de lujo, de lanzarme a una nueva aventura. En GUK puedo utilizar todas estas vivencias en el mundo de la comunicación para hacer frente a los retos que nos plantean nuestros clientes. Y, sobre todo, para seguir aprendiendo todos los días en este apasionante oficio de contar historias.








